domingo, 20 de octubre de 2013

Volver al hogar



Ayer me pasó algo muy particular. Pero empecemos por el principio. La semana pasada me mudé a Quito. Vine a estudiar una maestría. Llegué el martes. Todo es raro, o distinto, que es una palabra más feliz. Han sido días de redescubrir la otredad: el otro es otro y en tanto que tal no tiene motivo para adaptarse a mí, a mis gustos, a mis necesidades. Una vez más entro en un contexto adverso, porque la maestría es en una facultad de ciencias sociales y eso, en Latinoamérica al menos, para un católico, es un espacio en el que uno es, en el mejor de los casos, incomprendido. A esos otros no les entra en la cabeza la fe que uno tiene y por momentos se vuelven hasta reaccionarios. Además llegué a vivir con gente diferente a mí. Con otras costumbres y otras prioridades, claramente. Quizá lo que más me golpeó (y me golpea) fue que el departamento está a años luz de parecer un hogar, o al menos de parecer un hogar como yo lo entiendo. Conclusión: desde el martes que llegué no me siento en casa, me siento ajeno, siento que yo soy el otro de todos los demás.
Ese es el contexto. Pero la experiencia, la que tuve ayer, la que mencionaba al principio, fue diferente. Me levanté, me di un baño, desayuné y salí a la calle. El objetivo era claro: quería localizar la parroquia más cercana porque se acercaba el domingo, yo no había visto ninguna iglesia en los alrededores del departamento y no tenía idea en que horario había misa. Esa era más bien la excusa, la verdad era que necesitaba ir un rato a sentarme frente al sagrario porque tenía mucho cansancio y agobio y necesitaba ir a él. Bendito sea internet, dicho sea de paso, porque pude localizar rápidamente el templo más cercano y dibujar más o menos mentalmente el recorrido para llegar hasta allí (Quito está plagado de diagonales y de calles que serpentean y dibujan semicírculos, no es sencillo ubicarse). El punto es que caminé, iba ansioso, alegre, apurado, era un encuentro esperado, deseado, necesitado. Cuando llegué se me aceleró un poco el corazón (yo sé que parece una exageración innecesaria en el relato, pero les aseguro que no miento). Lo particular, la experiencia nueva sobrevino justamente cuando entré al templo y me arrodillé frente al sagrario. Empecé a llorar, no con sollozos ni con suspiros, pero las lágrimas empezaron a brotar de los ojos sin contención ni reparos. El sentimiento no era tristeza, tampoco era desesperación, era casi de alivio. Por primera vez en varios días me sentí incuestionablemente en casa. Hasta entonces lo había dicho mil veces, lo había repasado, pero creo que por primera vez hice experiencia de esto con tanta certeza. Sin familia, lejos de los amigos, en un contexto adverso, con casa pero sin hogar, llegué a un sitio donde estaba la familia, estaban los amigos, era mi hogar. Allí, frente al que es absolutamente Otro dejé de sentirme un extraño, ajeno, me sentí acogido. Solo, sin nada ni nadie, pude hacer experiencia de que Dios es mi heredad y la Iglesia mi familia. “¡Obvio!”, gritarán ustedes. Pero para mí fue la experiencia de fe más grande de los últimos meses.
El segundo plato de la comida llegó hoy, domingo. Fui a misa y sucedió algo extraño, pude hacer experiencia de algo más, allí en la Eucaristía me reuní con todos los otros, con todos esos otros que allá en Argentina, allá en Uruguay, allá en España, allá en el Togo celebraban hoy esta misma fiesta. De verdad pude compartir la comunión con todos ellos, pude hacer experiencia de ello. Entendía, vivencialmente, aquello que tantas veces he oído: unirse en la Eucaristía. La frutilla del postre fue que hoy se celebrara la jornada mundial de oración por las misiones, porque pude tomar ese dolorcito mío minúsculo de estar lejos de mi gente y de mi tierra en un contexto adverso, unirlo al sacrificio de Cristo en la misa y ofrecerlo, humildemente, por aquellos que sufren eso mismo y se juegan la vida para dar a conocer ese amor que nos ha sido dado. Si alguien, por casualidad, lee este blog que llevaba algún tiempo abandonado, quiero pedirle un favor: rezá por mí, para que en este contexto adverso desde esta soledad y esta pobreza de no tener nada más que a Dios, pueda yo también ser misionero y dar testimonio con mi vida de lo que he visto y oído, del amor que Dios nos tiene en el que he creído y que me ha salvado la vida. Gracias.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

VOLVER A LOS 17



Volver a los 17
después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente.
Volver a ser de repente
tan frágil como un segundo,
volver a sentir profundo
como un niño frente a Dios,
eso es lo que siento yo
en este instante fecundo.

Se va enredando, enredando
como en el muro la hiedra
y va brotando, brotando
como el musguito en la piedra.
Como el musguito en la piedra
¡ay sí, sí, sí!

[…]
El amor es torbellino
de pureza original,
hasta el feroz animal
susurra su dulce trino,
detiene a los peregrinos,
libera a los prisioneros.
El amor con sus esmeros
al viejo lo vuelve niño
y al malo sólo el cariño
lo vuelve puro y sincero.

(Volver a los 17, una canción de Violeta Parra)

Valdría decir, tal vez, volver a los 16. Pero también volver a los 17, a los 18, a los 19, a los 20, a los 21, a los 22, a los 23. Volver no por la abducción de la nostalgia. Volver porque siempre se vuelve, porque siempre vuelvo, porque a veces necesito remontar el camino hasta la base del tronco y descubrir cómo desde allí nace la raíz que penetra en el pozo en que abrevo.
Hace poco el pasado venía a golpear a mi puerta. 40 años cumplía, de peregrinaje, el rincón de caminantes que me supo dar la vida en la adolescencia. Fui y soy peregrino, por contagio, por estadía, por opción. Soy peregrino porque hice un retiro llamado oasis, un día, y empecé a participar del Movimiento Juvenil Peregrinos junto a un montón de otros adolescentes. Pero también soy peregrino porque desde ese rincón del universo descubrí que soy y opté ser caminante en la noche de los tiempos. Caminante que grita, canta, susurra y hasta ruega: maran ‘athâ’ (מרן אתא). Caminante que anda y que pide, en verdad, “Ven, oh Señor”. Caminante cuya raíz más profunda es la fe en Dios vivo y presente en medio nuestro.
El fin de semana que pasó se cumplieron 11 años desde aquellos días de 2001 en que viví mi oasis original. La matemática de la historia quiso que este año se repitiera con exactitud cronológica la fecha del oasis. Aquel fin de semana de 2001 fue 14, 15 y 16 de septiembre. Este fin de semana de 2012, también. Otra vez la vida llevaba al alma hacia el lugar santo en el que Dios quiso salirme al encuentro cuando yo iba todavía de camino repasando el discurso que en mi mente había armado para pedirle vivir como uno de sus sirvientes. Como los judíos en el desierto, como el hijo pródigo ante el padre misericordioso, quizá como los discípulos de Jesús que buscaban un guerrero que luchara por la liberación, yo buscaba por entonces –creo, y leo miando desde acá la historia– ser esclavo de un mejor amo. Pero Dios me salió al encuentro en el camino y me ofreció un mejor trato: ser libre. Me ofreció peregrinar por el desierto, lugar de la palaba; me ofreció el perdón a mis ofensas y recuperar mi nombre de hijo; me ofreció su cuerpo como alimento. Remontar mi historia me hizo remontar un poco la Historia y caminar hasta las colinas de Jerusalén y encontrarme a Jesús preguntando(me): “¿También ustedes quieren dejarme?”. Y sorprenderme con Pedro diciendo lo que yo mismo no podía decir, y sorprenderme con Juan –me gusta pensar en Juan, el amado, de esa manera–, sin necesitar una sola palabra para decir con amorosa convicción lo mismo que Pedro expresó de buena forma: “¿A quién iríamos?, sólo tú tienes palabras de vida eterna”. Como el Cura Rural del Diario de Bernanós, sentí mi alma anclada, clavada a aquel instante del Evangelio.
Pero el fin de semana quiso darle un giro más a la memoria. El domingo, de madrugada, al tiempo que despuntaba la estrella matutina, partía a la casa del Padre Eterno un abuelo, un padre, un amigo. A los 89 años fallecía el Vlady, el peregrino mayor. Estaba preparado para la noticia, muchos estábamos preparados. Recibí un mensaje a las 7 de la mañana. Lo esperaba, es verdad y de buenas a primeras no me generó ninguna tristeza porque lo primero en lo que pensé fue en que, por fin, iba a verlo cara a cara a Jesús. Recordé, casi automáticamente, aquella vez que nos dijo que él ya estaba viejo y que pronto iba a morir y que cuando se fuera con Jesús le iba a hablar de nosotros, los peregrinos. Me arrancó una sonrisa el recuerdo, pero también la profunda convicción de que eso ya estaba pasando en ese instante. El fin de semana fue movilizador. Todo el domingo estuve en la parroquia, junto a tantas personas que lo querían con locura. Unos lloraban de pena, otros de emoción, otros reían, otros compartían anécdotas. Tuve que seguir recordando, porque la vida me empujaba a ello. Recordé el mucho tiempo de trabajo con el Vlady, las charlas con él, sus pequeños gestos que me sorprendían, sus miradas de cariño, las peleas por las diferencias de opinión sobre el trabajo en el movimiento, los enojos, el perdón. Recordé las muchas veces que escuchó mi confesión y sus palabras siempre oportunas. Recordé sus sonrisas y su paciencia conmigo. Trabajar con él era difícil a veces, porque era un tano exigente, que decía cosas como: “todos tenemos excusas para hacer las cosas mal, pero las cosas hay que hacerlas bien”. Pero su presencia era siempre una caricia porque también decía cosas como: “Para ser cristiano, primero hay que aprender a ser humano”, o sencillamente, “yo los quiero mucho”. Cuando vi el templo lleno en su misa de exequias, no pude evitar recordar aquel día de 2005 en que falleció Juan Pablo II, la misa se llenó de fieles, desbordaba y él comenzó su homilía diciendo: “¿Qué hacen todos ustedes acá?”, y sin esperar respuesta explicó él mismo por qué había allí tanta gente: se había muerto una persona muy amada por todos. Lo mismo pasó en su funeral. Nos encontramos todos ahí porque necesitábamos despedirnos, agradecerle su vida partida y repartida, y pedirle, como último favor, que no se olvide de rezar por nosotros.
Me enteré de que el Vlady estaba internado en la madrugada del sábado 15, el día de Nuestra Señora de los Dolores y falleció el Domingo 16, el día en que celebraban la trasladada fiesta patronal en la Parroquia de los Dolores, de la que él fue párroco durante años. El padre Ángel, actual párroco, nos invitaba a ver en ello un signo. ¿Cómo pasarlo por alto? El Vlady se fue bajo la mirada de Nuestra Señora de Los Dolores, que permanece firme junto a la cruz, demostrando que su vida entera estuvo entregada allí, a los pies de Jesús, pobre y crucificado. Yo hasta este fin de semana, jamás había caído en cuenta en un dato obvio: mi oasis original, el que me posibilitó el encuentro personal con Jesús, fue también para un fin de semana en que, como en este, se celebraba la fiesta de la Virgen Dolorosa. El Vlady me recordó con su partida que mi vida está abrazada, de la misma manera, a los pies de Jesús pobre y crucificado… y no por un artilugio del destino, sino por voluntad: voluntad de Dios primero, voluntad mía, tímidamente, detrás.

viernes, 14 de septiembre de 2012

CANTAR AL JESÚS DEL MADERO... Y AL MADERO DE JESÚS



¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

De “La Saeta”, Antonio Machado
En Campos de Castilla, 1912

Mirando la cruz esta mañana se me vino a la cabeza la poesía de Machado y se me llenó el corazón de ruidos. Desdecir a Machado me queda grande, pero me parece necesario. Yo hoy puedo, quiero y necesito cantar al Jesús del madero.  Alabar a Cristo y bendecirlo porque por su Santa Cruz redimió al mundo. Me quedé rezando en esta fe hermosa que tenemos que, en el extremo del absurdo, hace apología de la debilidad. Si algo conquista mi corazón es eso, esa apología de la debilidad. Dios poniendo su mirada en los débiles y pequeños. Dios que no ve como ve el hombre, porque el hombre ve lo que se ve, pero Dios ve el corazón. Dios anonadándose. Dios optando un camino a contramano. E invitándonos a optarlo.

Pasa que hoy es el día de la exaltación de la cruz. “¿Qué clase de fe exalta un instrumento de tortura?”, pensarán mucho casi horrorizados. Yo creo que mirarlo desde allí es morder el anzuelo de la confusión que no deja ver una verdad grande. Es que la cruz es puerta a la vida. Allí Dios se anonadó y se entregó al todo para que tuviéramos vida en abundancia, para demostrar que aquello de “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Cf. Jn 15,14) no era sólo un discursito demagógico, sino un programa de vida. Porque allí es donde la dinámica de amor del cristianismo toma su valor verdadero.  Como dijo el obispo san Andrés de Creta en su disertación Sobre la Exaltación de la santa cruz:

“Por la cruz, cuya fiesta celebramos, fueron expulsadas las tinieblas y devuelta la luz. Celebramos hoy la fiesta de la cruz, y junto con el Crucificado nos elevamos hacia lo alto, para, dejando abajo la tierra y el pecado, gozar de los bienes celestiales; tal y tan grande es la posesión de la cruz. Quien posee la cruz posee un tesoro. y, al decir un tesoro, quiero significar con esta expresión a aquel que es, de nombre y de hecho, el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original. 

Porque, sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado. Sin la cruz, aquel que es la vida no hubiera sido clavado en el leño. Si no hubiese sido clavado, las fuentes de la inmortalidad no hubiesen manado de su costado la sangre y el agua que purifican el mundo, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no disfrutaríamos del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado. Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

Por esto la cruz es cosa grande y preciosa. Grande, porque ella es el origen de innumerables bienes, tanto más numerosos, cuanto que los milagros y sufrimientos de Cristo juegan un papel decisivo en su obra de salvación. Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en salvación universal para todo el mundo. 

La cruz es llamada también gloria y exaltación de Cristo. Ella es el cáliz rebosante de que nos habla el salmo, y la culminación de todos los tormentos que padeció Cristo por nosotros. El mismo Cristo nos enseña que la cruz es su gloria, cuando dice: Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él, y Dios a su vez lo revestirá de su misma gloria. Y también: Glorifícame tú, Padre, con la gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiese. Y asimismo dice: «Padre, glorifica tu nombre.» Y, de improviso, se dejaron oír del cielo estas palabras: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo», palabras que se referían a la gloria que había de conseguir en la cruz. 

También nos enseña Cristo que la cruz es su exaltación, cuando dice: Yo, cuando sea levantado en alto, atraeré a mí a todos los hombres. Está claro, pues, que la cruz es la gloria y exaltación de Cristo”.

miércoles, 31 de agosto de 2011

ME DUELE EL MUNDO


Hoy no tengo capacidad de escribir un discurso largo. No tengo capacidad para hacer una apología de nada. No puedo. Hoy no puedo parar de llorar. Hoy, como nunca, me duele el mundo. Me da un poco de bronca que el tiempo vaya a seguir pasando y que el mundo vaya a seguir corriendo a sus ritmos desesperantes. Me vuelve loco pensar que la vorágine de las ciudades y de la locura política, comercial, oportunista, egoísta, siga tragándonos.
Me desespera que si no es mañana será pasado o el mes que viene, pero lo que pasó hoy va a quedar en un recuerdo efímero del pasado. Eso me duele. Este mundo me duele. Esta locura me duele. El dolor de esa madre me duele. Tanta injusticia me duele.
Deseo de todo corazón que este mundo no vuelva a ser el mismo después de hoy. Que el corazón de piedra se nos vuelva corazón de carne. A todos. A vos, a mí, a ellos también. No puedo soportar la idea de que el mundo siga siendo igual mañana. No quiero.
Ante el misterio del mal y del dolor, hondo misterio si los hay, el que era todopoderoso se hizo doliente, pequeño, débil. Si puedo pedir algo hoy es que ante este misterio doloroso e insoportable de tanto mal y tanto odio que hemos visto, seamos capaces de no permanecer indiferentes. No podemos dejar de dolernos y de indignarnos. Pero ese dolor y esa indignación tiene que transformar de una buena vez nuestros corazones. Quiera Dios que Candela no quede sólo en un diario viejo.
Eso es todo lo que me sale, revuelto y desodenado, de las manos y el corazón. Por lo demás, como Francisco ante el horror impensable de las cruzadas, sólo me queda decir, pedir y rogar: Que pase este mundo y venga tu Gracia.

martes, 31 de mayo de 2011

SI EL GRANO NO MUERE


Que el hombre es un ser que camina hacia la muerte, desde que nace es su única certeza. Que la muerte es la última frontera. Que de la muerte nadie se salva. Que si he de morir quiero que sea contigo. Que muerto el perro se acabó la rabia. Pero sobre todo, sobre todas las cosas, que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo.

Morir es un paso que se da en una soledad extraña. Uno muere solo y desnudo o no muere en absoluto. Pero lo cierto es que morir es un paso necesario y no sólo es la última frontera, sino que, quizá, hay que morir varias veces antes. Hay que caer en tierra y morir. Ya el caer en tierra es todo un desafío que implica estar maduro… y morir. Morir es necesario. Morir a lo que soy y a lo que quiero y a los proyectos y a los anhelos y a los caprichos y a las certezas y a los apegos y a las indiferencias y morir a mí mismo y morir sin más. Morir para no quedar solo. Morir porque no hay otra manera de dar fruto, ni grande ni pequeño.

El tema es que morir da miedo, desconcierta, inquieta y duele. Duele, ¡cómo duele! Justamente porque se muere desnudo, solo y en silencio. Aunque la muerte esté llena de rostros y de agradables compañías: se muere en primera persona del singularísimo o la muerte es una mentira. Se muere en silencio, viendo la oscuridad que cae sobre las luces ficticias que hemos encendido y también sobre las tenues insinuaciones del crepúsculo.

Pero se muere y duele y punto. No hay necesidad de edulcorar verdades. Se muere y duele. Cierto es que si el grano muere da fruto y mucho fruto. Esa es la promesa que enciende la esperanza. Esperanza que es, quizá, la única luz que vale en medio de la tiniebla de la muerte. Es suficiente esa luz tenue de lumbre que no despunta los detalles pero perfila e insinúa las siluetas. En cualquier caso, primero toca caer y morir. Y duele, ¡cómo duele!

Que pase este mundo y venga tu gracia.

martes, 3 de mayo de 2011

DE PROCESOS LENTOS


Lo negué en su momento: no por empeño alguno en mentir sino por no ser capaz de verlo con claridad cuando alguien inquirió sobre el tema en busca de respuesta. Lo negué, lo oculté, le tiré tierra encima, no quise verlo o no me permití descubrirlo, no lo sé. Pero la verdad es que soy de procesos lentos, debo asumirlo con franqueza. Quizá reconocer esto hoy y aquí es el signo de una realidad que decanta lentamente y permite atisbos de claridad o, al menos, disipación de turbiezas. Quizá es sólo un nuevo punto de partida.

La lentitud, la pausa, el ritmo lerdo, altera a alguna gente. Más de uno ha intentado (y sé que sin malicia) apresurar mi paso en los procesos, como quien alienta la llama al soplarla, como quien pone una planta en un invernadero. Digo más de uno, y en ese número mayor a la unidad me incluyo, porque yo, el de los procesos lentos, fui el primero en intentar apurarlos. Intenté –debo reconocerlo– cerrar círculos y etapas a la fuerza, dar pasos para los que todavía no me daba el largo de las piernas. Es que la lentitud de los procesos y la ansiedad arrasadora se mezclan en un mismo y curioso movimiento. Debe ser lo mismo –sospecho– que hace que se trabe mi lengua cuando quiero terminar de decir la palabra que apenas estoy empezando, o lo que me hace escribir vocablos inexistentes e inexactos por error en el afán de aprisionar la idea que vuela cerca de mi mente.

Soy de procesos lentos y hoy descubro que la planta necesitaba madurar a su ritmo y perder las hojas en otoño y pasar el invierno y resistir la poda y dejarse reventar de pimpollos en primavera y florecer y dar frutos y seguir la cantinela. Soplar la llama no servía, porque soy de procesos lentos y no sé arder a otro ritmo que el del fuego suave que sólo quema despacio, incendiando las astillas. Necesitaba caerme y dolerme y pasar raspones y conocer más el piso porque no lo conocía suficientemente aunque pensara lo contrario. Soy de procesos lentos y no sé en qué momento soplé tanto el fuego que lo ahogué. Necesitaba crecer y en lugar de esperar me puse en puntas de pié. Evité golpes, caídas, fracasos, moretones y cicatrices. Apuré el fuego y me quedé sin leños cuando aún necesitaba el calor.

¡Ah! Pero parece que queda una chispa. Una brasa incandescente abrigada en el rescoldo, esperando a ser atizada. Un hálito de vida oculto en el fondo del tronco para salir a reverdecer en cuanto lleguen los primeros vientos cálidos. ¡Quién pudiera abrazar esta lentitud que a los ojos de otros es torpeza! ¡Quién pudiera dejar que la pausa le gane al ansioso apuro y permita disfrutar el proceso! ¡Quién pudiera entregarse de una buena vez a los ritmos que no son propios y confiar! ¡Confiar! Que el invierno es largo, pero es el preludio necesario de la primavera.

Haceme pequeñito y ayudame a abrazar mi ritmo lerdo, mis pasos torpes, mi debilidad, donde se manifiesta tu fuerza. Haceme pequeñito, para que confíe más e intente controlar un poco menos. Haceme pequeñito, para poder decir, con sencillez: “lento, lento, pero vengo”.

jueves, 14 de octubre de 2010

Creo en el amor que Dios nos tiene


Porque es tarde, Dios mío,
porque anochece ya
y se nubla el camino,

porque temo perder
las huellas que he seguido,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.

Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro,
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.

Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
dígnate ser mi amigo.
¡Qué aprisa cae la tarde...!
¡quédate conmigo! Amén.

-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-·-

Hace un tiempo, hará cosa de dos meses y algo más, mi párroco nos invitaba en la homilía a hacer un ejercicio. Nos invitó a intentar, durante la semana, escribir un hipotético obituario para nuestra muerte. Una dinámica muchas veces usadas en grupos juveniles. El sentido del ejercicio estaba anclado en toda la predicación, pero hoy no viene al caso. El punto es que como motivación para que, efectivamente, realizásemos el ejercicio, el nos compartió lo que él mismo había escrito. Decía varias cosas, algunas más bien graciosas, pero hubo una, la que estaba al final de todas que me quedó resonando en el corazón y que aún hoy moviliza. Decía: “Creyó en el amor que Dios nos tiene”.

Lo recé. Pucha que lo recé. Yo rezo con casi cualquier cosa que llega a mis oídos. Pero aquella frase me tocó el corazón, porque me di cuenta que es una cosa preciosa por la cual ser recordado: haber creído, haberse entregado, haberse dejado maravillar por el amor que Dios nos tiene, por el Amor.

Digo: "creo". Creo en el amor que Dios nos tiene. Lo digo en plural porque sé que su amor es católico, pero no puedo no decirlo en singular. Creo en el amor que Dios me tiene. Pero cuidado, creo en ese amor por una razón más bien simple: lo palpo, lo vivo cada día. ¿Cómo dudar del amor que Dios me tiene? Habiendo hecho experiencia de su amor, descubriéndome como “el discípulo amado”, con la cabeza en el pecho, atento a la escucha; ¿cómo dudar de su infinito amor, de su personalísimo amor, de su único amor? Sería un idiota si dudase de ello.

Dios es el centro de mi vida. Dios es el sitio en el que abrevo. Quiero que mi vida sea derramada sus pies. Muchos dirían malgastada, desperdiciada: yo digo, sencillamente, entregada. En estos días descubrí que es muy posible que se me gaste toda la vida en intentar seguir a Jesús por el camino de la cruz y la humildad mientras tropiezo mil veces. Que se gaste, si es en ese intento, que se gaste. Que se gaste a sus pies, que se gaste tras su huella.

Si hubiese un lugar para mi obituario, no querría que dijese muchas cosas, solamente:

“Gerardo, pequeño discípulo amado.
Creyó en el amor que Dios nos tiene”.


Nota: Atendiendo a que pretendo evitar irrumpir en llanto, voy a esquivar la posibilidad de ponerme metatextual y comentar o dar razones del poema puesto al principio. Sólo diré que es el himno de las vísperas de hoy. A mi me sumió en las entrañas de la oración, quizá a alguien más le haga ese favor.