domingo, 20 de octubre de 2013

Volver al hogar



Ayer me pasó algo muy particular. Pero empecemos por el principio. La semana pasada me mudé a Quito. Vine a estudiar una maestría. Llegué el martes. Todo es raro, o distinto, que es una palabra más feliz. Han sido días de redescubrir la otredad: el otro es otro y en tanto que tal no tiene motivo para adaptarse a mí, a mis gustos, a mis necesidades. Una vez más entro en un contexto adverso, porque la maestría es en una facultad de ciencias sociales y eso, en Latinoamérica al menos, para un católico, es un espacio en el que uno es, en el mejor de los casos, incomprendido. A esos otros no les entra en la cabeza la fe que uno tiene y por momentos se vuelven hasta reaccionarios. Además llegué a vivir con gente diferente a mí. Con otras costumbres y otras prioridades, claramente. Quizá lo que más me golpeó (y me golpea) fue que el departamento está a años luz de parecer un hogar, o al menos de parecer un hogar como yo lo entiendo. Conclusión: desde el martes que llegué no me siento en casa, me siento ajeno, siento que yo soy el otro de todos los demás.
Ese es el contexto. Pero la experiencia, la que tuve ayer, la que mencionaba al principio, fue diferente. Me levanté, me di un baño, desayuné y salí a la calle. El objetivo era claro: quería localizar la parroquia más cercana porque se acercaba el domingo, yo no había visto ninguna iglesia en los alrededores del departamento y no tenía idea en que horario había misa. Esa era más bien la excusa, la verdad era que necesitaba ir un rato a sentarme frente al sagrario porque tenía mucho cansancio y agobio y necesitaba ir a él. Bendito sea internet, dicho sea de paso, porque pude localizar rápidamente el templo más cercano y dibujar más o menos mentalmente el recorrido para llegar hasta allí (Quito está plagado de diagonales y de calles que serpentean y dibujan semicírculos, no es sencillo ubicarse). El punto es que caminé, iba ansioso, alegre, apurado, era un encuentro esperado, deseado, necesitado. Cuando llegué se me aceleró un poco el corazón (yo sé que parece una exageración innecesaria en el relato, pero les aseguro que no miento). Lo particular, la experiencia nueva sobrevino justamente cuando entré al templo y me arrodillé frente al sagrario. Empecé a llorar, no con sollozos ni con suspiros, pero las lágrimas empezaron a brotar de los ojos sin contención ni reparos. El sentimiento no era tristeza, tampoco era desesperación, era casi de alivio. Por primera vez en varios días me sentí incuestionablemente en casa. Hasta entonces lo había dicho mil veces, lo había repasado, pero creo que por primera vez hice experiencia de esto con tanta certeza. Sin familia, lejos de los amigos, en un contexto adverso, con casa pero sin hogar, llegué a un sitio donde estaba la familia, estaban los amigos, era mi hogar. Allí, frente al que es absolutamente Otro dejé de sentirme un extraño, ajeno, me sentí acogido. Solo, sin nada ni nadie, pude hacer experiencia de que Dios es mi heredad y la Iglesia mi familia. “¡Obvio!”, gritarán ustedes. Pero para mí fue la experiencia de fe más grande de los últimos meses.
El segundo plato de la comida llegó hoy, domingo. Fui a misa y sucedió algo extraño, pude hacer experiencia de algo más, allí en la Eucaristía me reuní con todos los otros, con todos esos otros que allá en Argentina, allá en Uruguay, allá en España, allá en el Togo celebraban hoy esta misma fiesta. De verdad pude compartir la comunión con todos ellos, pude hacer experiencia de ello. Entendía, vivencialmente, aquello que tantas veces he oído: unirse en la Eucaristía. La frutilla del postre fue que hoy se celebrara la jornada mundial de oración por las misiones, porque pude tomar ese dolorcito mío minúsculo de estar lejos de mi gente y de mi tierra en un contexto adverso, unirlo al sacrificio de Cristo en la misa y ofrecerlo, humildemente, por aquellos que sufren eso mismo y se juegan la vida para dar a conocer ese amor que nos ha sido dado. Si alguien, por casualidad, lee este blog que llevaba algún tiempo abandonado, quiero pedirle un favor: rezá por mí, para que en este contexto adverso desde esta soledad y esta pobreza de no tener nada más que a Dios, pueda yo también ser misionero y dar testimonio con mi vida de lo que he visto y oído, del amor que Dios nos tiene en el que he creído y que me ha salvado la vida. Gracias.